Una de las muchas cosas que me gustan de EE.UU.

son los espacios. Esos inmensas llanuras del medio oeste,

vértigos horizontales, como describía Borges a la pampa. Y no solo

son inmensos los espacios físicos, también los mentales. El espacio

entre la cordura y la locura es, allá, ancha como río grande y uno

puede merodear de un lado al otro de la frontera con cierta libertad.

A veces, en un momento mágico, ambos espacios coinciden. Obra de

Alex Jordan, en el estado de Wisconsin, The House on the Rock es

un ejemplo de la confluencia de espacios físicos, mentales y emocionales.

Sin complejos ni prejuicios Jordan se dedico a unir sus colecciones

de objetos en este lugar común. Creando un lugar donde uno puede

acercarse a una ‘viaje’ de acido lisérgico sin más química que la natural.



En la entrada del Museo te dan un folleto con un gráfico del recorrido.

Cuando perdí todo sentido de la orientación y el folleto no me ayudaba

pensé que se debía al tremendo colocón de endorfinas, pero se quedó,

como prueba del lamentable trabajo comunicativo, en un bolsillo

de mi chaqueta.







Unos días después, perdido, cruzando el infinito cielo por una carretera

secundaria lo entendí: The Bird of The House on The Rock!